jueves, 6 de septiembre de 2012

Superhéroes sin capas, ni mascaras


Todos los niños en algún momento quisimos ser superhéroes, y hablo especialmente de los niños varones, aunque seguramente muchas niñas también tuvieron a sus superheroinas admiradas.

Los veíamos en las caricaturas de la televisión o en los comics realizando proezas a favor de los que se encontraban en peligro o riesgo, salvando vidas, defendiendo a los indefensos, etc.  Precisamente pensando en esas caricaturas o imágenes de la infancia y de mi devoción a ellas he reparado en algo significativo. La admiración hacia aquellos personajes tenía su punto culmen en el bien que podían hacer, de manera muy simple dejaban una lección moral que los niños quizás no alcanzábamos a entender pero que se resumía en aquello de que “el bien siempre triunfa sobre el mal”

Los superhéroes, personajes sacrificados y valientes, recios y siempre llenos de esperanza, inteligentes y educados, eran “superhombres” porque aunque vinieran de otro mundo no dejaban de tener figura humana quizás por el anhelo de los caricaturistas de que la figura humana contara en sí con aquellas virtudes.

Poco a poco los superhéroes, han venido a menos, se desvió la atención de sus actos heroicos a la simple atracción morbosa de sus “super-poderes” y actualmente vemos a un montón de personajes con poderes excepcionales y con graves conflictos internos, ya no son “superhombres”, son simplemente mutaciones o simples “accidentes científicos”.

No nos desviemos del tema, mi intención no es criticar este subproducto cultural (comic) que ocupa el noveno lugar en la clasificación de las artes, sino entender cual pudo ser la motivación inicial de quien habría creado el primer superhéroe. Se trataba de postular ante la sociedad a un ser, humano en su imagen, pero sobrenatural en sus virtudes y potencialidades siempre dirigidas al bien común. Y es precisamente esta anterior definición algo que fácilmente podríamos traducir en la nobleza del alma cristiana y de esa santidad sobrenatural que nos mueve a hacer cosas por encima del horizonte humano.

Dios le da al hombre “superpoderes” sin que tengan que ser de otro planeta o sufrir un accidente químico. Tales capacidades le vienen al hombre de su propia voluntad y libertad, que lo hacen sacrificarse por los demás, luchar contra las injusticias, salvar vidas, promover la esperanza en medio del caos, y en vez de desaparecer de la pantalla en el momento del reconocimiento hacer una humilde referencia a quien lo sostuvo en medio de tan duras batallas.

Sin embargo, de esos héroes hay pocos… los hay gracias a Dios, pero son menos de los que deberían ser. Buscamos más bien los superpoderes caricaturescos, volar, sacar telarañas de los puños de las manos, trepar edificios altos, tener visión de rayos laser, u oído de largo alcance, pero pocos quieren sacrificarse, salvar vida y luchar por la injusticia tan presente en nuestra sociedad.

Necesitamos hombres y mujeres que reconozcan que Dios cree en los “superhombres” y nos dotó de lo necesario para lograrlo. Hombres y mujeres que anhelen superarse a ellos mismos y en vez de encerrarse con necedad en sus propios problemas (que jamás resolverán porque les gusta vivir de ese modo)  se abran a las necesidades de los demás. Superhombres  y supermujeres que le enseñen al mundo la maravillosa capacidad y potencialidad de la humanidad llena de Dios.

San Maximimiliano Kolbe no ocupó una capa para sacrificar su vida en intercambio por aquel padre de familia, la Beata Teresa de Calcuta nunca uso un antifaz para recoger a los niños que eran abandonados en las calles, el Beato Juan Pablo II voló en un simple instrumento humano en medio de sus enfermedades y su debilidad obvia, las últimas veces ya sin voz, a fin de que su sufrimiento fuera un mensaje de fidelidad a Cristo, y otros tantos héroes anónimos que se preocupan más por otros que por ellos mismos, mamás, papás, médicos, maestros, etc.

Basta para lograr la misión dejar de dar de nosotros lo menos y empezar a dar lo más. Somos, diría Jesús, lámparas encendidas que no se pueden esconder debajo de una mesa, sino dispuestos sobre ellos para iluminar la oscuridad. Se trata de erradicar ese pensamiento diabólico de que somos poca cosa y empezar a creer que Dios no ha enviado al mundo ningún ser inservible, y no solo eso, Él espera de nosotros grandes y maravillosas cosas. Y es que definitivamente fue realmente Dios quien ha creado los mejores superhéroes sin que sean personajes ficticios.  

4 comentarios:

  1. Los Verdaderos Héroes, no son porque hicieron algo extraordinario, sino porque en lo ordinario vivieron de manera extraordinaria su responsabilidad. Ojala todos buscáramos llevar nuestras virtudes al heroísmo, en lo ordinario.

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  2. El heroísmo de lo cotidiano que requiere más voluntad que y menos presunción. Gracias Padre.

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  3. Pareces alguien demasiado inteligente e inculcadoen las formas y principios como para tener una férrea creencia en algo tan volátil como una figura ulterior; "Dios" en tu caso.

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  4. Gracias por tu comentario Enrique. Realmente se trata de una relación muy allá de lo natural, ciertamente.

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